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Ponencia

La CNEA y el CNBA: una mirada sobre la cuestión de la autonomía axiológica en dos instituciones nacionales argentinas de elite (1950-1983)

Parte del Simposio:

SP.43: Procesos de elitización y procesos de reproducción de las elites: entre el aprovechamiento de oportunidades y la producción de la distinción

Ponentes

Alicia Méndez

FSOC/UBA

Argentina

Ana Fernández Larcher

UBA / UNIPE

Alicia Méndez

FSOC/UBA

Argentina

En este trabajo nos interesa poner en diálogo los resultados de dos investigaciones etnográficas sobre la CNEA y el CNBA, dos instituciones públicas, de carácter nacional y con trayectorias legitimadas dentro y fuera del país, una de formación profesional y técnica, otra de nivel secundario. A su modo, ambas se diferenciaron del ethos de valores predominante en nuestra sociedad, en la que supo prevalecer una matriz igualitarista traccionada por el mito del origen europeo de la población (Garguin, 2009) que, al menos hasta 1983, tuvo al ascenso social como “una expectativa probable para casi todos» (Dussel, 2004: 2).
La Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) fue creada el 31 de mayo de 1950 durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón (1946-1952), como parte de las iniciativas impulsadas por el gobierno en el ámbito de la ciencia y la técnica para incidir sobre los sectores estratégicos de la economía y fomentar la industrialización (Hurtado, 2014: 42). Tanto la historiografía académica, como los estudios nativos sobre la CNEA, han privilegiado los abordajes que enumeran y consagran sus principales logros tecnocientíficos a la par que describen su trayectoria en términos de un recorrido lineal y continuo, que se mantuvo ‘inalterable’ por más de tres décadas (1950- 1983). En tal sentido, fue caracterizada como un caso “excepcional”.
El Colegio Nacional de Buenos Aires, institución fundada por Bartolomé Mitre en 1863, se ha constituido como un referente en el proceso de formación académica y política de jóvenes en la Argentina. Se trata de un colegio público que debe su carácter de elite en buena medida a la relevancia que alcanzaron muchos de sus egresados y egresadas en la historia de la alta política, la academia, el mundo literario y la militancia nacional, entre otros ámbitos; una institución, a su vez, con estándares propios en cuanto a su forma de evaluación y nivel de exigencia. La capacidad de sostener en el tiempo una forma de evaluación que funciona a la vez como un proceso de socialización con consecuencias constatables en la conformación de una “identidad” de un grupo de egresados, el énfasis en la cultura escrita y la recusación del utilitarismo son algunas de sus características singulares.

En ese marco, resulta interesante analizar, en primer lugar, de qué manera los sentidos de lo público (y lo nacional) se entreveraron paradójicamente con un trabajo de producción de la diferencia en el CNBA y la CNEA legitimado, este último, por una concepción moral que supo reposar en el mérito, que en el Colegio aparece ligado al esfuerzo y en la Comisión, en una idea de sacrificio cuasi-religiosa. En segundo lugar, se nos presenta la pregunta por la cuestión de la autonomía de ciertas instituciones nacionales y públicas (muy relevantes durante el período señalado), y su posible relación con su continuidad a lo largo del tiempo, en un país signado por las discontinuidades institucionales, las confrontaciones político-ideológicas y los cambios a menudo abruptos en sus posiciones sobre la educación, la ciencia y la tecnología.